Caminaba con sus pantalones vaqueros medio rotos y su camiseta blanca de aire desenfadado. La camiseta de tirantes dejaba ver sus brazos fibrados, que junto con sus manos desgastadas se movían a un ritmo acompasado. Sus pasos dejaban un rastro de polvo tras pisar la arena del camino, el mismo en el que se proyectaba la sombra de su silueta.
Aquel atardecer de verano era realmente hermoso, podía notar como los rayos de sol iluminaban de forma suave su cuerpo y rostro. Su piel era dorada, resultado de las mañanas y tardes expuesto al sol. De fondo, el cielo anaranjado indicaba la llegada de su compañera de noche, la luna.

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