Sabía que era la hora de estrenar su conjunto de lencería color vino que compró esa misma mañana.
Era consciente de que el paquete de galletas que había comido esa tarde le sobraba. Aún así, se sentía única, o eso es lo que sentía al menos estando con él.
Vestido de infarto, tacones de aguja y los labios de color quisquilla.
Definitivamente, esa iba a ser su noche.
El tono de su móvil comenzó a dar tumbos por las paredes de su habitación hasta llegar a sus oídos.
Inevitablemente sonrió, era él.
Al coger aquella llamada su noche se tornó, y ahora eran las estrellas las que se comían cada parte de su cuerpo.
La cita se aplazaba al fin de semana siguiente.
Y ahí estaba ella, sentada en el borde de su cama con el móvil aún entre las manos. La más guapa de todas las bellas durmientes de la ciudad, aunque la expresión de sus ojos no opinaba lo mismo.
Y esa iba a ser su noche...
La noche en la que cambiaría su vestido escotado por su pijama de ositos.
La botella para dos fue sustituida por una tarrina de helado de chocolate, pero esta vez para una persona.
¿Y la dieta? "Adiós a la dieta" dijo.
Esa noche lo único que mancharía sus sábanas recién cambiadas sería su máscara de pestañas.
Patty.

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