Era una noche de abril y aquel camino de rastrojos me rozaba constantemente los vaqueros.
La luz anaranjada de las farolas del pueblo quedaban a nuestras espaldas, y en mi sudadera empezaba a posarse el frío característico de la madrugada. Ya queda poco, me decías, como siempre adelantándote a mis preguntas silenciadas. Qué gusto daba pasear contigo... aunque no se viese el suelo y en ese punto se nos presentara la noche abalanzándose sobre nosotros.
Tampoco se distinguía la montaña del cielo, y mirar hacia arriba nos hacía sentir tan pequeños...
El lugar era tan mágico que solo existía la calma, nada más. Contemplar la noche con ese olor a humedad y a primavera me hizo sentirme extraña hasta de mí misma, ya nada me podía hacer daño.
Y subir a un depósito sin escaleras se convirtió en un plan brillante para estar más cerca de esas luces blancas intermitentes,
y de ti.
Tampoco se distinguía la montaña del cielo, y mirar hacia arriba nos hacía sentir tan pequeños...
El lugar era tan mágico que solo existía la calma, nada más. Contemplar la noche con ese olor a humedad y a primavera me hizo sentirme extraña hasta de mí misma, ya nada me podía hacer daño.
Y subir a un depósito sin escaleras se convirtió en un plan brillante para estar más cerca de esas luces blancas intermitentes,
y de ti.
Patty.

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